Se marchó olvidando que en su barca vacía,
no llevaba ni agua que aplacará su sed,
se alejó con los restos de una vida baldía,
la mirada sombría, dando un salto sin red.
Con el paso del tiempo, contempló su locura
y perdido en la bruma ya no supo volver,
en el pecho prendida, una sorda amargura,
que entre blancas espumas, empezó a florecer.
Han pasado los años y ante su desconsuelo,
ya no hay quien le espere, a la orilla del mar,
los amores se enfrían, convirtiéndose en hielo.
Sólo un cielo de nubes acompaña su paso,
la que le quiso tanto, se cansó de esperar,
y se aleja cantando, con la luz del ocaso.
Tu mirada perdida
máscara del dolor,
donde escondes los miedos,
que atenazan tus días.
Es tu fragilidad
envuelta en fría escarcha,
donde la soledad
hizo su asentamiento.
Una nube recorre
esos ojos de acero,
tú sabes tu verdad,
yo, solo la presiento.
Y se que cuando llegas
y me sonríes quedo,
el corazón dormido
despertará en su anhelo.
Pero es solo un instante,
y de nuevo te alejas
regresando a la sombra,
que te acecha implacable.
Ya se todo de ti,
aún sin conocerte,
he llegado a quererte,
en tu oscuro silencio.
Has llegado de nuevo
desde la lejanía,
te acercas nuevamente,
amparado en un sueño.
Vas creciendo en las llamas
de alguna nueva aurora,
entre sendas de noche,
de recuerdos y olvidos.
Con tus ojos de ausencia,
y tu boca de estío,
con tus besos de niebla,
y tus brazos de agua.
Eres árbol que echa
sus raíces al viento,
y tu vuelo es lejano,
y mi voz no te toca.
Eres fuerza que crece,
la corriente de un río,
efímero destello,
que de nuevo se ausenta.
En las horas amargas,
hambrienta de tu rostro,
una estrella se acerca,
con su abrazo vacío.
En las noches sin luna
una lengua de fuego,
va lamiendo en silencio
éste rumor de nieve.
Donde echó sus raíces
una rosa de invierno,
se deshoja en confines,
de la hora lejana.
Se desangra en las manos,
-corazón taciturno-
en las alas del viento,
golpeada de invierno.
Se quebró su coraza,
en montañas perdidas,
sólo quedan ruinas,
en el último aliento.
Regresas hoy del infinito
para acallar mi aullido desolado.
Cae la lluvia tenaz como un suspiro;
Regando con sus lágrimas
algún último anhelo,
nacido de un susurro
solitario en el pecho.
Sumergida de olvido
has venido a mi encuentro,
y desatas mil versos
en la noche callada.
Siempre traes en tus manos
arco iris inmensos
alejando los miedos,
de ésta tierra quemada.
Te quedarás aquí, aunque te vayas
alejando éste invierno que me acosa.
Regresas hoy del infinito,
para acallar mi aullido desolado.

Languidece la tarde
vestida de nostalgia,
donde mueren las horas,
ahora ella se aleja.
Va tejiendo preguntas
a la noche cercana,
a la estrella del norte,
pero no le contestan.
Donde sangra la herida
languidece la tarde,
ya se apagan las luces,
la soledad se acerca.
Errática amargura
de los sueños cobardes,
cuando duerme la tarde,
y la noche despierta.
Del fondo de un suspiro,
voy huérfana de sueños.
Se enturbia la paciencia
entre el espacio alado,
desgarrada de olvido
en las manos del viento.
Y araño éste deseo
que corre por las venas,
un gélido aire crece
brotando en la tristeza.
Tiende sus largos dedos
entre pájaros negros
y el silencio nocturno,
agrieta la esperanza.
Del fondo de un suspiro,
voy huérfana de sueños.