Deambula entre la niebla adormecida
mientras la noche avanza presurosa
frágil pared donde su piel reposa,
deshojada como una rosa herida.
El vaso de la pena ya apurado
bebido el manantial del desconsuelo
sus ropas esparcidas por el suelo,
por el cruel ademán de un desalmado.
Y se bañó con lágrimas serenas
jabonando la piel con su amargura
trizándose el cristal de la alegría.
Su llanto, negro canto de sirenas
hundiéndose en un pozo de locura,
mientras el corazón se consumía.
Vistiendo de silencio la mañana
en ésta hora de nubes y de frío
avanzarán mis miedos como un río,
gritando con lamentos de campana.
Es tan leve el perfume de una rosa
como el sordo dolor de madrugada
que lacera mi alma abandonada,
volando como tenue mariposa.
Este vagar incierto en las tormentas
que tú también conoces aunque callas,
adorna mis largas horas desiertas.
¡ Qué lentos los minutos cada día!
¡ qué triste es el color de mi tristeza!
¡ que extraña soledad en compañía!
Vuelve de tu jardín hasta mi puerto
cansado de un viaje sin sentido,
un terco corazón ya dolorido
que busca entre el oasis de un desierto.
Quiso vagar en nubes de tormentas
amante de un instante diluido
caminando indolente hacia el olvido
peregrino de noche, en horas muertas.
Y así mi amor inútil hoy se aleja
sabiendo que tu amor indiferente,
heló la llama que se había prendido.
No saldrá de mi voz ninguna queja
ni volverá a brotar, ya de ésta fuente
el agua que tu boca no ha bebido.
Su ausencia es más ausente en éste espejo
mi hastío es un dolor desvanecido
aquél viejo puñal, ya conocido
se clava enfurecido en su reflejo.
Nunca fue más que un sueño, sin embargo
mis manos aún intentan alcanzarle
muriendo en el empeño de encontrarle,
ahogándose en el trago más amargo.
Sorda ancla sumergida entre la umbría
que anida en los espacios de mi alma,
llenándola de cruel melancolía.
Angustia de la noche infructuosa
que no encuentra el camino del olvido,
etérea y desolada mariposa.
Tras cada tempestad que se desata
presiento que te alejas de mi vida
y que en tan agridulce despedida,
te arrebató de mi, la noche ingrata.
En éste amanecer, que no amanezco
dónde espero el ocaso cada día
mi alma despertará triste y vacía
en lenta melodía mientras perezco.
Y en ésta sinrazón, mi desatino
se debate entre el sueño y la amargura
sedienta de acabar con mi destino.
Qué lejos siento hoy tu cercanía
qué sola me dejaste en la mañana
robando el corazón, mientras dormía.
Llueven las palabras muriendo en el viento
la noche estrellada perfuma su llanto,
trepando en el árbol del cruel desencanto,
donde anidan sueños, de futuro incierto.
De pronto se aleja con nieve en las manos
el mudo lamento que ahoga sus días,
cantos de sirena harán compañía,
a la rosa fría, de pétalos vanos.
Se abre el incierto pasillo del pecho
se apaga una estrella en la noche callada,
el lóbrego invierno huirá en la mañana,
dejando una luna, sangrante en el lecho.
Estos siete candiles dejo encendidos
uno por cada vez que soñé contigo,
hoy de aquellos ensueños no queda nada
ni busco los espejos de tu mirada.
Renacerán las rosas en la mañana
amaneciendo libre la madrugada,
ya el viento no te nombra con desconsuelo
ni llorará la noche por tu recuerdo.
Tal vez un día te encuentre entre la bruma
vistiendo de silencio, piedra y espuma
recordaré un amor ahora dormido
enterrado entre sombras, penas y olvidos.
Estos siete candiles que ahora te dejo
para que me recuerdes cuando estés lejos
y sepas que hubo alguien que te amó tanto,
que se alejó en el sueño del desencanto.
Estos siete candiles dejo encendidos
uno por cada vez que soñé contigo,
para que me recuerdes cuando estés triste,
para cuando descubras que me quisiste.